"El Símbolo Perdido": lo nuevo de Dan Brown


Confieso no haber leído El código Da Vinci. Nunca me han atraído los best-seller, pero ochenta millones de ejemplares vendidos en todo el mundo es una buena excusa para comprar lo último de Dan Brown.



El símbolo perdido es una especie de sudoku literario concebido para leer en el metro. Tan entretenido como un crucigrama, y tan olvidable como una sopa de letras. Para pasar el rato en lo que llegamos a la oficina. Un entretenimiento fabricado con la precisión de un reloj suizo. Un coctel, donde Brown mezcla todos los ingredientes para conseguir arrastrar al lector por las 616 páginas que ocupa la trama. Ese es el secreto con el que la novela se maneja con auténtica soltura. No defrauda, pero tampoco aporta nada nuevo. Lo peor es que Brown se empeña en vestir un thriller, tan básico como Los siete secretos, con un barniz filosófico que, francamente, no convence.


Más que giros, cada capítulo hace tirabuzones. El más difícil todavía. Al estilo de las viejas series de televisión, donde los personajes caen por el abismo al final de un episodio y son rescatados milagrosamente al comienzo del siguiente. Seguro que en la próxima entrega de las aventuras de Robert Langdon mete publicidad entre parte y parte. Es lo único que le falta.



Si en algo Brown es un maestro, es en la elección de los telones de fondo que envuelven sus historias. Aquí, la masonería es el eje sobre el que pivotan sus protagonistas a lo largo de las doce horas que dura la aventura. Tal vez, en España este tema nos pille muy de refilón, pero en Estados Unidos siempre se han sentido atraídos por los velos que cubren su propia historia. En Europa, por el contrario, el marketing ha hecho hincapié en las supuestas mentiras a las que nos ha sometido el cristianismo a lo largo de dos mil años. Esto siempre vende. Aquí Brown, no sólo no hace hallazgos, sino que tampoco plantea preguntas. Dispara sólo con pólvora por si algún pichón cae del árbol del susto y se acerca por una librería a compra un ejemplar.



En fin, un pasen y vean, en una montaña rusa llena de sobresaltos, que cuando llega a su destino se encuentra donde empezó. Unos ratos divertidos que se quedan en eso, fuegos artificiales.



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